Vuelven los rosales enamorando la brisa del verano.
Nacen siempre los sentimientos y emociones del amor que me das.
Te pienso sin saber bien cómo agradecerte tu presencia en mi vida, quizá porque la última vez que nos vimos, me demostraste lo mucho que soy para ti.
Ya no es solo por tus sorpresas con todas aquellas cosas que sabes que me gustan, es por tu mirada única hacia mí que nunca he visto la repitas para nadie, por hacerme sentir la mujer más sensual de la tierra, por tu silencio cuando hablo, por tus palabras cuando callo, por tus lágrimas perdidas entre todas mis letras escritas, por pedirme un beso con tus ojos, por no haber desaparecido de mi vida, ni tan siquiera con la ausencia que durante tantos años nos acarició a los dos con su tacto frío y ausente.
También entonces me sabías acariciar. Sentía el tacto de tu ausencia.
La intensidad de lo que me das, consigue que el desinterés de otros amores hacia mí, sea cristalino como el agua que tanto amas.
Tu existencia es, la luz de muchos amaneceres imaginados, y a menudo la prosa que corre por mis venas.
Y es cierto que algunas veces no me siento nadie ante tus ojos, y es verdad que nada debería esperar, y es verdad de forma cierta, que no sé como entregarme a ti, no encuentro el camino, y tampoco encuentro el que tú marcas para llegar a ti, será quizá, que nunca lo has marcado para mí.
Pero es así sin darle demasiadas vueltas, yo sí me siento grande ante mis propios ojos, a veces (no siempre), me siento la más especial de las mujeres, y eso me eleva hasta el extremo de verte pequeño, de sentirte nacer constantemente ante mis sentimientos, y eso me permite andar a tu lado y sentirte, siempre sentirte de forma natural.
Pero eres amor mezclado entre el humo de mis cigarrillos, te escapas en el aire, te esfumas cuando por no mentir, te abrazas a ese silencio que tanto me molesta; y es cierto que entonces, no sé qué decirte, no sé cómo permanecer a tu lado, no sé como estar junto a ti, en ésas y tantas infinitas maneras que en el amor que deseo darte, no encuentran el camino que me enseñe a quererte y dejarme querer.
Y entonces es cierto que me siento sola, y creo ser esa nube perfecta que a veces ves en tu cielo, pero que nunca deseas atrapar, y yo te dibujo en mi memoria, imaginando tus manos que al pensarme no pueden evitar escribirme.
Pero es tan solo un sueño, no me hace sentir feliz, tampoco me hace sentir infeliz, solo eres tú cuando mis sentimientos te atrapan, solo soy yo cuando no me ves, ni estás en mí a pesar de que a mí manera te llamo, pero tú no me escuchas porque me ves árbol, pero en realidad soy el bosque en el que deseo que te adentres.
Te pierdo poco a poco, pero nunca dejaré de quererte porque en mí estás, y en mí te has quedado. Y sigo sin saber qué decirte, sigo sin saber cómo llegar hacia ti.
Lo mejor es callar, y así el silencio nunca podrá convertir las palabras en reproches.
Ahora que me gustaría tanto hablarte, me he olvidado de la ausencia de nuestras comunes palabras, para imaginar que paseamos entre callejuelas escondidas con aromas y retazos de viejas historias antiguas, ya sabes, de esas historias que se han quedado prendidas en esas piedras añejas del asfalto, paredes limpias pero con espejos de historia que nunca mueren en el recuerdo, estatuas inertes de movimiento y con vida propia para mentes inquietas como la mía, cuando se trata de recordar o imaginar.
Y me imagino en un autentico goce de placer que caminamos en silencio, mientras los dos a la vez vemos las mismas cosas, tú con tu pasividad engañosa, yo con mi nostalgia y romanticismo que siempre está tan presente en mí. Y por un instante todo se ha convertido en un pase constante de imágenes que entre los dos, y si fuéramos capaces de describir en palabras, podríamos quizás, escribir uno de esos episodios de novelas, que se guardan en un viejo cajón, y que algún día alguien descubre y llora olvidando que el tiempo pasó.
Porque el tiempo hace lo que tiene qué hacer, y nosotros pasamos por él siempre con un excesivo silencio, siempre con una falta de imaginación atroz, que cualquier lector acusa en sus venas cuando al dormirse ni siquiera es capaz de recordar las letras nacidas del amor, aunque sea en silencio, pero puro amor después de todo. Amor que perdona, siente al otro por encima del tiempo, comprende que el valor de una mirada y de un gesto nunca muere, y no calla si sabe que al hacerlo...duele el silencio.
Por eso yo, dejo tu presencia inexistente junto a estas letras mientras paseabas conmigo, por el casco antiguo de la ausencia, y me duermo en tus brazos después de haberte soltado la mano.
Y también me besaste detrás de una estatua, que guarda celosamente su historia como yo guardo la mía contigo.
Hoy es un día extraño aunque sea domingo, y además España se la juegue esta noche.
Por primera vez después de varios meses he descubierto al despertar, que estoy de luto en el amor. Ahora necesito esa calma que te da la libertad de no sentirte esclavizada a un sentimiento, esa puerta abierta hacia el silencio de su voz, a la ausencia de un gesto que necesitas y no llega, a acostumbrarme a la sensación que te deja el dolor de algo que has leído hace apenas unas horas, y sobre todo tener la seguridad de saber, que nada puedo hacer si se confunde lo que al sentir digo e intento compartir, por un reproche, que además resulta ser suficiente para borrar mi nombre.
Es necesario acostumbrarse a la sensación, hablar con ella, comer con ella, dormir con ella, llorar y reír junto a ella, sin dejar que al abrazarme me falte el aire y sentirme ahogada, es necesario para que los recuerdos que aunque sean escasos son muy intensos, no se conviertan en la energía que mueve tu presente, mi presente.
Hoy es un día de verdad extraño sí, justo debajo de mi pecho tengo ese faltarte el aire, que sientes cuando por fin sabes que no eres amada, cuando al fin has entendido que contigo no se conjuga el verbo amar, y cuando tu propio sentimiento de decepción te lleva a no leer donde sabes te hace daño hacerlo, allí donde tu huella se ha quedado y sientes, que cada instante se desdibuja un poco más. Allí donde sabes que si no vuelves, él no lo notará, allí donde es mejor no ir.
Parece triste, pero no lo es, parece que después podrá llegar mi silencio, pero tampoco es eso. Es quizá lo difícil que es darle la mano a la sensación, pero una vez estás aferrada a su fuerza invisible pero tangible, te ayuda a andar todo lo que has dado, entregado y sentido.
Y no te hace caer, lo que te han negado en silencio, lo que ni siquiera te han pedido porque de antemano ya lo esperaban de ti...lo que tú crees que das, pero quitas antes de que pueda llegar a formar parte de mí...
Con todo lo que soy, con todo lo que no soy, con mi escasa pero segura sabiduría, con todo lo que me falta por aprender sobre el amor y los sentimientos, con todo, con nada, conmigo, sin ti, hoy por fin he sentido que todo lo que te he entregado me ha hecho más grande, y que al serte agradecida por ello, hoy empieza mi despego de la parte tuya que está en mí.
Así, sin una sola lágrima, dejando tu recuerdo en el lugar que le corresponde, decido no permitirte que me hagas más daño y defenderme de tu indiferencia, porque es tuya y yo ya no la sé reconocer.
Me contaba un vagabundo, que por las noches se perdía en la luz de las estrellas. Eran estrellas palpitantes bajo el techo del horizonte de sus ojos. Él no reparaba en esos techos blancos encerrados entre las cuatro paredes de una ciudad, porque su techo se adornaba con la lámpara que las estrellas dibujaban en su cielo.
Se cobijaba aunque el frío tatuara sus huesos, con la luz de luces del firmamento. Se mecía en la invitación flagrante del punto blanco sobre negro, dando imaginación a sus futuros sueños. Sentía en unos instantes la libertad de poder tocar las estrellas. Se sentía libre, mientras el mundo giraba por debajo de sus luces. Se dormía cuando su cuerpo ya no era capaz de reconocer a su alma.
Cuando el sol ocultaba las luces que engendraban sus más maravillosos sueños, el ruido de la realidad le daba bofetadas de soledad e indiferencia, porque su techo se había convertido en numerosas pisadas, que ante sus ojos le pisoteaban con total indiferencia.
Se resguardaba bajo cualquier puente, en la esquina que acababa de dejar otro indigente, en la entrada de un metro repleto de miradas ausentes, en el silencio que descansaba al final de su voz cuando pedía o deseaba un bocado caliente, en la sonrisa de aquel niño que ajeno a sus desgracias, le sonreía en un instante.
Me contaba un vagabundo que una noche al despertar, el sol tapó sus sueños para siempre, pero las estrellas brillaron bajo el techo de su ausencia.
Puedo sentirte con un pasmoso y paciente sentimiento, puedo llorarte al sentirte ajeno a lo que yo necesito de ti; me olvido en ti, te quedas en mí.
Puedo ser dentro de ti esa rosa marchita que un día lloró en sus pétalos rocíos de amaneceres vacíos, aquella nube que te mostraba caprichosa el contorno de mi cuerpo, y que tú al mirar decidiste llevar a tu lado viendo la forma de otro cuerpo lejano, y así, desdibujó mi perfil.
Puedo ser también, la antagonista de tu tristeza, el eco de tus silencios, la soledad vista desde muy lejos en tus horas vacías, ese aroma del atardecer tan imprescindible cuando nace el amor y se refleja en la pasión.
Puedo ser yo sin estar en ti, no puedo estar en ti sin ser yo y no ver nunca mi amor reflejado en tus ojos.
No puedo ser amor postergado en tu oscuridad, porque la luz me acaricia cada día.
Cuando el amor se me escapa, se me suceden los instantes, canta el sentimiento, sufre el sentimiento; que el tiempo no nazca en el olvido, que éste se me asome a la verdad de lo vivido, y se refugie al amanecer de tus besos.
Que tu amor no se me escape cuando mis dedos se enfrían, que mi amor se me escapa recordando nuestra encina, que me abrigues bajo el cielo que nos mira, y se evapora en tu mirada reposando en la mía.
Y se elevan las aves, quizá para atrapar en las nubes el tiempo no nacido, en la verdad del amor, que se oculta entre tu nombre y el mío. Amor, cuando el amor se me escapa, llegas y me abrazas.
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